De mares y retornos
El momento en que el mar ocupa toda la obra de Saldaña. En azules traslúcidos, figuras humanas y objetos flotan y esperan sobre el agua: la incertidumbre, la soledad y el miedo de las partidas y los regresos. En La espera heredada un pueblo espera sobre un peñasco en mitad del mar; Píter Ortega ve en ella «una visión doliente y magnífica del tiempo detenido». La serie se expuso en el Centro Cultural ICAIC «Fresa y Chocolate» de La Habana en 2015.
Texto crítico · José Luis González-Almeida
Aires de un mirar nada sombrío
«Acariciaré el aire y sonreiré a la sombra por si en la sombra me miras y en el aire me besas».
Dulce María Loynaz
Caricias que se escurren, pálidas libidos, pupilas indefensas… Como de un sortilegio antiquísimo, casi por mimesis, surten témpanos conversos en cuerpos henchidos de rubor, posesos de la niebla. Su meta es la parquedad, la mojigatería en celo; su estrella, la sombra. Son cotas, bridas para una piel moderna, reacia ya a los confinamientos; piel-luz, piel-fronda donde entrena / estrena sus dotes de gladiador un entusiasmo insomne —consustancial a nuestra verdadera esencia—, empeñado en advenir loa a la perpetuación, heredad para la rosa.
Mucho de signo vital, de fineza y lujuria encontradas —vale decir: disueltas, complotadas—, subyace en cada una de nuestras acciones. Todo depende de a cuál de esos imperios otorgamos la supremacía, del matiz que derramemos sobre una u otra fragancia… Y no faltará razón a quienes arguyan cómo es sólo ardid circunstancial lo que para ellas se reserve: ambas prefiguran, pues, buriles de idéntica platería, instancias de complemento. No aludo, no —o, al menos, exclusivamente—, a una fineza y una lujuria recluidas en y para lo sensual / sexual, sino a elecciones conductuales en buena lid socavadoras de lo plural humano, capaces de minar cualquier vereda de la existencia antrópica.
Tal vez por ello, Luis Alberto Saldaña Soto (Güines, 1987) no naufraga entre las dos, veinte mil, infinitas aguas por donde circunnavega. Tan robusta es su convicción respecto a estos axiomas (y tan funcional su bitácora), que apenas nos depara espacio para el estatismo, la fosilización de los ideologemas. Como pocos en su ramo —máxime en tiempos signados por el escarnio y la banalidad mundiales—, sabe cómo atracar en puerto seguro: por cada uno de sus lienzos surca una suerte de majestad simbólica que no se resiente ante el reto —rectifico: ante el arcano— del mare magnum espiritual con que preludiamos nuestras menudencias y complejidades. Luego: la suya es obra pictórica de y para la reflexión, sacramento de un orgasmo (meta)conceptual amparado en todo un esplendor (¿una sinfonía?) de lo técnico, quiérase o no recurrente a la hora de pulsar las místicas anunciaciones que nimban al ser humano en el no menos realista empeño de modelar la cartografía de su destino; orgasmo / esplendor quiérase o no recurrente a la hora de ataviar nuestras obras con la nietzscheana insolencia de “estar más allá del bien y del mal”. ¿Otro argumento sostendría esa ráfaga de ojos polifémicos, belicosamente omniscientes que, a lo Michel Foucault, (per)juran no dejarnos de vigilar para, desde esa misma psicopatología, castigarnos con tozudez y saña?
Saldaña recrea un imaginario resuelto a desnudarnos ante el más lascivo por mordaz de los espejos. Ahí están, mofándose de nuestras ínfulas y resquemores, de nuestros miedos y utopías, esas presencias (criaturas y objetos, subtramas y atmósferas) tan grotescamente públicas como nihilistamente solitarias (íntimas) que no vienen sino a revisitar el constante dolor, la perenne iconoclasia que nos asedia; ahí esa —¿por qué no?— anatómica textura de lo ígneo-rocoso, harto comprometida con la introspección no sólo de lo físico-corpóreo, sino de un entorno sociocultural no siempre proveedor de entusiasmos y ensoñaciones; ahí, finalmente, el mar, género de negación que afirma, sádica vía crucis para partidas / retornos, espacio aunque vedado a necesarias elongaciones de la plenitud terrícola, dispuesto siempre a trasvestir el empecinamiento (el quia nominor leo) de un otro dominador en la más restallante de las quimeras.
El grito, la réplica que con procacidad de genuino artista lanza Luisito no eterniza su huella desde la efímera inmanencia del caos y la histeria. Todo lo contrario: el vaho de esas lenguas ¿empaladas? que segregan sus cuadros corroe, con experticia de entomólogo, cada uno de los grilletes presentes en la aberración de los silencios. Apreciando, pues, la verosimilitud de sus escenas, leyendo sus anales y crónicas —es un potencial escritor con la paleta y el pincel—, pueden el más profano de los espectadores o el más erudito catedrático de arte ya no inquirir en la semántica intelectual de una mitopoética que les permitiría palpar los resortes de la perfección pictográfica, sino asumir cómo lo amniótico energizador de nuestros afanes más recónditos deviene remedo metafórico de la génesis y el final de la vida toda, alfa y omega de una existencia desgarrada y elocuente a un mismo tiempo, capaz de acariciar la siempre luminosa mirada de un beso.
José Luis González-Almeida · fuente
Texto crítico · Píter Ortega
Los que habitan la piedra
Sobre un peñasco suspendido en la inmensidad, rodeado de un mar que no promete salvación ni naufragio, un pueblo espera. La pintura “La espera heredada” de Luis Alberto Saldaña Soto, óleo sobre lienzo, nos entrega una visión doliente y magnífica del tiempo detenido, de una humanidad aglutinada sobre la certidumbre de la incertidumbre.
La piedra que sostiene a los hombres y mujeres no es continente, no es patria, no es hogar. Es resto, es residuo, es un fragmento arrancado de la tierra o del naufragio, un lugar demasiado pequeño para tanta vida, pero el único donde aún se puede permanecer. Su aspereza es la memoria fosilizada de lo que ya no está. El artista la ha modelado con una veracidad casi táctil, con tonos cálidos que chocan contra la frialdad del agua circundante, como si quisiera recordarnos que lo más humano sigue resistiendo a la intemperie.
Arriba, una nube gruesa, redonda, poderosa, cuelga como una amenaza y una promesa. No llueve en el mar. Solo sobre ellos. Como si el universo los señalara, los castigara o acaso los bendijera. Esa lluvia, íntima y dirigida, parece traer más peso que alivio. ¿Es agua? ¿O es tiempo que cae en forma líquida? ¿Es el pasado que no cesa de caer sobre las cabezas de los que heredan la espera? Cada gota es un eco de promesas no cumplidas, de partidas sin regreso, de futuros pospuestos.
Y mientras tanto, ellos. Los diminutos personajes, detallados con minuciosidad casi obsesiva, se agrupan como en un éxodo sin destino. Algunos con paraguas, otros solos. Algunos en movimiento, otros en quietud. Pero todos bajo el mismo cielo, sobre la misma piedra, rodeados por el mismo mar. No hay líderes. No hay salida. Solo una coreografía de resistencia. No hay enfrentamientos entre ellos: están juntos, no porque se entiendan, sino porque no hay otro lugar.
La espera, aquí, no es sólo una acción, sino una condición ontológica. Una forma de ser. Estos seres no hacen tiempo. Son el tiempo. Son generaciones que heredaron la paciencia como se hereda la tierra, el miedo, la fe. No esperan por un barco, ni por un dios, ni por una redención inmediata. Esperan porque nacieron sobre una piedra y les enseñaron que algún día llegaría algo —un país, un milagro, una respuesta. Esta es la espera que se transmite como una lengua muerta, como un ADN cultural: la espera heredada.
El mar es lo infinito que no acoge. No hay una costa visible, ni un horizonte que inspire. Solo ese azul intenso que Saldaña ha logrado construir con capas superpuestas de óleo, generando una profundidad hipnótica y abismal. No es el mar de Ulises, ni el mar que lleva a Ítaca. Es el mar como límite, como frontera, como espejo cruel que refleja nuestra pequeñez.
El cielo, por su parte, no se abre ni se cierra. Es un teatro suspendido donde la divinidad ya no actúa, solo observa. Saldaña ha logrado crear un claroscuro emocional: la parte superior es luminosa, casi celestial, mientras que abajo el mundo es densidad, agua y piedra. Hay una tensión visual que nos obliga a elegir dónde posar la mirada: si arriba, donde habita la promesa, o abajo, donde habita el peso.
Técnicamente, la obra es deslumbrante. La precisión en el tratamiento del oleaje, la densidad atmosférica de la nube, la textura casi escultórica del peñasco, y sobre todo, la minuciosidad con la que ha pintado a cada figura, como si cada uno de esos seres tuviera historia propia, constituyen un acto de amor y de denuncia. No hay atajo simbólico aquí: cada elemento está dispuesto con intención narrativa y poética.
Saldaña Soto, artista cubano, condensa en esta imagen tanto una vivencia colectiva nacional como una metáfora universal del existir contemporáneo. Cuba está ahí, sí, en esa espera larga, salina, dolorosa. Pero también está Palestina. Está Haití. Está el migrante en frontera. Está el niño en campo de refugiados. Estamos todos. Porque todos, en algún rincón de nuestra biografía, habitamos una piedra rodeada de imposibles, esperando algo que no sabemos si vendrá.
“La espera heredada” es una pintura que se transforma en espejo: nos dice que todos somos hijos del tiempo que no llega, del futuro pospuesto, del anhelo sin forma. Y que aun así —o precisamente por eso— seguimos juntos, debajo de la misma lluvia, sobre la misma piedra, mirando al mar como quien mira al silencio.
Píter Ortega · Sobre La espera heredada. Texto enviado por el artista (2026).
Óleo sobre lienzo · 100 × 130 cm
Óleo sobre lienzo · 130 × 150 cm
Óleo sobre lienzo · 160 × 200 cm
Óleo sobre lienzo · 200 × 150 cm
Óleo sobre lienzo · 150 × 150 cm
Óleo sobre lienzo · 95 × 130 cm
Óleo sobre lienzo · 150 × 130 cm
Óleo sobre lienzo · 150 × 130 cm
Óleo sobre lienzo · 150 × 100 cm
Óleo sobre lienzo · 160 × 200 cm
Óleo sobre lienzo
Óleo sobre lienzo
Óleo sobre lienzo · 80 × 130 cm
Óleo sobre lienzo · 130 × 100 cm
Óleo sobre lienzo · 130 × 100 cm
Óleo sobre lienzo · 110 × 95 cm
Óleo sobre lienzo · 130 × 100 cm
